1º DE MAYO: CUANDO LOS DERECHOS NO CAYERON DEL CIELO
30 de apirila de 2026
Artículo de opinion de Luis J. Escobar Presidente de CSIF Melilla
Existe una parte de la ciudadanía que mira al sindicalismo con desconfianza, cuando no con abierto desprecio. Se repite que los sindicatos son inútiles, que viven del dinero público, que mantienen liberados que no trabajan y que se han convertido en estructuras alejadas de la realidad. Son ideas que circulan con facilidad, que se simplifican hasta convertirse en dogmas y que algunos amplifican porque resulta rentable desacreditar todo lo que suene a organización colectiva. Mi experiencia tras casi dos años al frente de CSIF Melilla dista mucho de todas estas afirmaciones.
No lo digo desde una posición ajena: entiendo ese escepticismo porque durante años también formó parte del ruido de fondo que muchos asumimos sin pararnos a analizarlo. Pero en una sociedad tan dada a opinar y tan poco acostumbrada a profundizar, conviene levantar la vista y mirar un poco más allá de la superficie.
El 1º de Mayo es una buena ocasión para hacerlo. No es una fecha decorativa ni una tradición vacía. Nace de una lucha real, dura y trágica: la de miles de trabajadores que a finales del siglo XIX se organizaron para reclamar algo que hoy vemos tan básico como la jornada de ocho horas. En Chicago, en 1886, esa reivindicación terminó con represión, muertos y condenas. Los llamados Mártires de Chicago sólo pedían dignidad. Gracias a luchas como aquella, hoy tenemos derechos que a veces damos por sentados.
Conviene no olvidarlo cuando hoy disfrutamos —a veces sin valorarlo— de la jornada de ocho horas, de las vacaciones pagadas, de la negociación colectiva, de la protección frente al despido arbitrario o de la prevención de riesgos laborales. Nada de eso llegó solo.
Igual que no han llegado solos en este último año avances como mejoras salariales de empleados públicos y privados, la conservación del mutualismo administrativo o la implantación de la jornada de 35 horas semanales en la Administración del Estado, que trabajamos, con una representatividad y afiliación cada vez más creciente, para que se reproduzcan en el sector privado. Medidas que repercuten directamente en la conciliación, el bienestar y la calidad del empleo, fruto de la presión sindical y del trabajo constante de organizaciones como CSIF, sostenida por la cuota y el apoyo de miles de afiliados y por delegados que actúan como enlace directo entre los centros de trabajo y la negociación.
Sin embargo, vivimos un momento de profunda contradicción: se habla de buenos datos macroeconómicos mientras la realidad cotidiana es bien distinta. Una cuarta parte de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, muchas familias tienen serias dificultades para llegar a fin de mes y el paro juvenil sigue en niveles muy por encima de la media europea. A esto se suma el encarecimiento de la cesta de la compra, la subida de la energía, el acceso cada vez más difícil a la vivienda y el impacto de factores internacionales como las crisis energéticas o los conflictos geopolíticos, que añaden incertidumbre y presión sobre la economía doméstica.
En Melilla, además, esta situación se ve agravada por condicionantes propios: sobrecostes estructurales y una alta dependencia de los servicios públicos, que actúan como auténtico sostén social de la ciudad. Aquí, más que en otros lugares, los servicios públicos, a veces llevados a cabo por la misma administración y otras por entidades privadas mediante concierto, garantizan cohesión, igualdad y atención a la ciudadanía pese a plantillas insuficientes y medios limitados.
Es precisamente en ese contexto donde CSIF juega un papel esencial: defendiendo empleo estable, salarios dignos, mejores condiciones laborales y el refuerzo de los servicios tanto públicos como privados, con independencia real y sin ataduras políticas. Pero los desafíos no terminan ahí. El futuro del trabajo plantea retos de enorme calado, como el impacto de la inteligencia artificial, que obligará a adaptar el mercado laboral, proteger derechos y anticipar cambios para evitar nuevas formas de desigualdad.
Y aún hay mucho por hacer. El 1º de Mayo sigue siendo necesario precisamente porque muchos de los problemas que lo originaron persisten bajo nuevas formas: precariedad, salarios insuficientes o incertidumbre entre los jóvenes. A ello se suman retos como la brecha salarial entre hombres y mujeres, que continúa siendo una realidad que debe corregirse de manera decidida.
Frente a todo esto, organizaciones como CSIF no son un estorbo, sino una herramienta democrática imprescindible. Porque si de algo estoy seguro, es de que el trabajo no es sólo una fuente de ingresos: es uno de los pilares fundamentales de la vida de las personas. De él dependen la estabilidad, el proyecto vital, la familia, la dignidad... Todo lo que contribuya a protegerlo y mejorarlo contribuye, inevitablemente, a mejorar nuestra sociedad.
Por eso el 1º de Mayo sigue siendo, hoy más que nunca, una fecha no sólo para recordar aquella lucha histórica de hace ahora 140 años, sino para reivindicar derechos, denunciar desigualdades y por supuesto poner en valor el trabajo de quienes, día a día, defienden a los trabajadores. Porque los derechos laborales no son irreversibles: se conquistan, se ejercen y se defienden.
Y porque cuando se desprecia y se debilita la defensa de los derechos laborales, se contribuye a crear una sociedad más dócil, más precarizada y más desigual.
Luis J. Escobar
Presidente de CSIF Melilla